Cinco, cuatro, tres, dos, uno y aparecen los ganadores. Segundos de silencio espeso invaden la sala, silencio fúnebre, mutismo grumoso. “Ah la la la la la la la la lá” y empiezan los insultos contra la nazi y uno que otro contra el galán centrista. “J’ai envie de vomir”. Estoy entre Melanchonistas apasionados (izquierda extrema), una fan de Hamon (socialista) y un Macronista (centro) que semi-esconde su triunfo. “Je suis un renard, je suis un renard”, pasa el sobrino con un peluche en su traserito y moviéndolo más bien como un conejo. Se agacha luego detrás de la tele para hacer un teatro de títeres con sus animales de lego en pleno pleito. Unos centímetros abajo, se asoman en la pantalla güeritos bailando victoria de derecha extrema: movimiento arriba y abajo, plástico y carne. La tele está en una esquina de una sala muy alta y muy parisina con detalles art déco en el techo y en las ventanas largas. Pantalones de terciopelo, cruzada de piernas, copa de vino, cigarro, belleza mestiza, labios oscuros, ojos gigantes, las siete décadas aparentando cinco confiesan: “Mínimo Le Pen quiere un cambio radical. Con Macron no hay nada, no tenemos nada. Francia sin sabor”. El pollo y las verduras al horno llegan en ese momento al centro de una mesa de botellas de vino vacías y bocas tristes. Paladares amargos por uno, dos, tres, cuatro, cinco años.

 

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