Lola. Nombre exótico para una francesa. Dos sílabas casi en propiedad poética de Nabokov. Se acerca y cuenta el chisme en voz baja. Hace ímpetu en cada palabra y su mirada habla antes que la boca. Relación de 7 años y ella, la amiga en cuestión del cuchicheo, se siente inferior porque él es modelo. Trop beau. A la niña se le baja el autoestima, lo deja y lo trata de compensar con otros juguetes masculinos. Qué raro, no funciona. Mientras tanto, el cara-bonita espera a que ella nivele sus asuntos de amor propio con otras caras menos bonitas. Es que cuando es el amor de tu vida, hay que tomar las decisiones drásticamente. La conversación gira los reflectores a Lola. Diez años con su novio. Doce meses dejaron de estar juntos porque Argentina lo jaló a él y a ella Tailandia o algún otro país oriental. Ambos de regreso en París y los dos metros de su ex novio se hincan ante Lola para rogarle volver. ¿Respuesta de Lola? Está apurada porque hay otro galán que la espera en un bar de vodka. Una semana después, pum, flechazo inesperado con los dos metros de pie en una fiesta. Rigoler, tomar, coqueteo y las horas de la madrugada corren a la salida del sol. A Lola la espero otro (no es el mismo del bar de vodka) y está con la maleta lista para ir a Córcega con los papás de ella. La cajuela se abre lentamente y ponen los bultos. Se cierra en el mismo pesar del segundero y Lola la para antes de que haga el click. Perdón pero no puedo ir. Perdón pero bye. Los papás se van solos a Córcega, el individuo se regresa a su casa con la maleta de ropa limpia y Lola invita a su ex novio, ahora novio de nuevo, a pasar el fin de semana en la casa sola de sus padres. Es que hay que tener confianza en una misma y en las decisiones. A lo mejor tienen que ver la educación liberal y una mirada entrenada en diez años de teatro. Pour moi, le sex était un jeu, y ahora, estoy con el amor de mi vida. Espalda derecha, pelo inmóvil y dientes bajo sonrisa. Oui, la liberté, c’est ça. Lola.