Ubicua dominicana

Escuché su acento caribeño desde antes de que entrara al vagón, con esa peculiaridad de aspirar las ‘s’. Venía deteniendo con la cabeza ladeada al hombro el celular, cargaba su bolsa y su maleta con una mano e intentaba abrir la puerta con la otra. Al ser la única dentro del compartimento, me paré rápidamente a auxiliarla. Me sonrió con su cara tostada y sus dientes en contraste blanquísimos sin dejar de hablar ni mascar chicle. “Sí hijo, arribo alla stazione centrale alle otto e mezza. No, no, hijo, devo tornare presto porque es la graduación de tu hermana. Tre giorni, tre giorni.” Se dirigió a mí con el mismo volumen alto con el que usaba para el celular “Grazie, cara, grazie.” Al subir la maleta al estante arriba del asiento presumió tras su pantalón blanco una tanga rosa que decoraba sus voluptuosidades traseras. “Le estoy hablando a la chica de aquí del tren que me está ayudando con la valigia, cosa que tú nunca haces, hijo. Bueno, bueno, está bien, hablamos luego, cuídate hijo, ciao ciao ciao ciao ciao ciao ciao”. En su ensalada de idiomas la despedida de ocho ciaos le salió totalmente italiana.

Colgó en una mini acrobacia al oprimir el botón rojo con las uñas postizas con esos brillos y de ese tamaño circense. Se quitó la chamarra plateada dejando al descubierto un escote pronunciado: “Grazie per l’aiuto cara” “Por nada” “Ah, hablas español ¿de dónde es que tú eres?” “México ¿y usted?” “Ah qué lindo, ya decía yo que no eras italiana. Es que no sabes, hija, lo que son en verdad los italianos. Yo tuve la desgracia, la desolación, la osadía de casarme con uno. Yo, que soy de República Dominicana. Me casé y de vivir en la ciudad con más música y caderas que se mueven al ritmo terminé en un pueblucho en los Alpes con un frío hasta los huesos. De estar acostumbrada al calor todo el año, pum, nieve y nieve cuatro meses al año. Es que el pueblo donde yo vivo es en la montaña, y no hay nada que hacer, y hay un silencio espantoso, y es aburrido a muerte.” Movía sus manos cual pájaros en libertad mientras hablaba. “Pero luego también por eso mi hija no soporta allá en Santo Domingo, vamos y no no aguanta, maaamma, se queja, que porque en la noche no la deja dormir la música. Mamma basta, basta, non ce la faccio più, dice.” Saca una carcajada abierta que empequeñece sus ojos maquillados. “No está acostumbrada mi hija. Invece, mi hijo, es feliz allá, se la vive yendo. Le va muy bien en su lavoro en Svizzera, así que va y viene, va y viene. Qué bien se la pasa, él sí salió más dominicano, le encanta la fiesta. A cada rato me habla y ahí anda trepado en algún barco con sus amigos a las diez de la mañana ya amanecidos. Me habla y me dice que me extraña cuando está borracho. Es que en serio a veces se pasan, allá, música día y noche, a dondequiera que tú vayas, cumbias salsas.” Mis ojos crecieron en interés, ¿un lugar donde se baila todo el tiempo? podría ser la mejor opción para mi próximo destino. “Ya después de estar un rato allá me harto y nomás quiero volver a la tranquilidad de aquí. Demasiada intensidad como viven en Santo Domingo, ya no es normal para mí. Demasiada actividad, movimiento, me canso y quiero volver a la montaña, a la vida pacífica, empiezo a extrañar, ¿me entiendes?” Mete cinco de sus uñas largas y brillosas entre su variedad de elementos que componían el mar de su bolsa y saca su paquete de cigarros y su encendedor.

“¿Y sabes qué hago yo en mis días tranquilos? Las telenovelas mexicanas. ¿Las has visto?” Se le iluminó la cara como a un niño frente a su juguete favorito. Negué con un movimiento de cabeza y continuó con la misma emoción: “¿Cómo no si eres mexicana? Si son buenísimas, molto, molto divertenti. Veo capítulos y toda la tarde me la paso ahí, enfrente de la computadora. ¿Ni Rubí has visto?” Tuve que volver a negar con la cabeza y los labios apretados. “Les doy las gracias a las telenovelas de salvarme del pequeño infierno en el que vivo. Ya sabes, pueblo pequeño, infierno grande. El problema es que éste es tan pequeño que ni entretenimiento de infierno tiene. Yo nomás me canso de la quietud y extraño Santo Domingo.” Le volvió a sonar el celular y subió su volumen de voz al contestar. Era alguna amiga suya. “Amica miaaa, ciao bellaaa, come stai? ¿qué es lo que tú dices? Aquí voy en el tren a visitar a mi hijo…”.

Saqué mi cámara profesional que compré para el viaje de meses que me esperaba y le quise tomar una foto a mi primera compañía de la aventura con el paisaje de pinos nevados de fondo. La dominicana, que no sabía su nombre pero sí algo de su vida, no se intimidó. Sonrió al lente sin dejar de gritarle al teléfono “Voy con mi hijo, y muero de ganas de volver con mi hija, pero luego estoy con ella y extraño al primogénito, sabes ya cómo es esto amica mia…”

Parada del tren, parada para fumar. “¿No vienes a fumar corazón?”. Tardé unos segundos en captar que era para mí la pregunta y no para su interlocutora del teléfono. “No, gracias, no fumo” “Del placer que te pierdes mi vida”. Me guiñó el ojo y salió del vagón. Dejó brillos de sus uñas esparcidos por la piel negra del asiento, por mi cámara negra, por mis pantalones negros, y cuando me lavé los dientes aquella noche, escupí algunos más y sentí nostalgia.

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