Perfume

El éxito del negocio crecía a brincos de canguro. Mi abuelo lo empezó ya viejo, cuando se dio cuenta de las texturas de los libros nuevos, de las páginas cada vez más blancas, más duras, con olor a plástico de la portada. Con ese material los nietos, los bisnietos, no vivirían la sensación en su vejez de voltear las páginas del pasado con el mismo cuidado con el que se acaricia a un bebé, ni se acercarían a las letras con la misma cautela: con los ojos cerrados y un leve roce de los labios para aspirar la fusión mística de la lignina y la tinta con el tiempo.

     Se convirtió en su misión de vida preservar el olor de los libros viejos y tras varios estudios y experimentos creó el perfume predilecto. Un olor motivacional para la lectura, el estudio, la academia: un placer intelectual con un toque a vainilla.

      Los padres de familia fueron los primeros compradores: rociaban a sus hijos del perfume para que les despertara el interés por la lectura. La lignina empezó a invadir los pasillos de las primarias del estado. Los maestros no se quedaron atrás y empapaban de antigüedad sus camisas blancas y sus portafolios negros.El perfume se puso de moda. La característica de ser unisex disparó el fulgor del producto. En las reuniones literarias no había escritor, periodista o invitado que no dejara tras de sí un halo a libro viejo. Las tiendas de sexo no perdieron la oportunidad y sus aparadores lucieron frascos contenedores de excitación erudita.

     A los seis meses de semejante éxito se dio el primer caso de consecuencia tóxica. El perfume contenía ciertas partículas de polvo, de mugre, pedazos de piel, algo de grasa y algo de insectos para imitar la ambientación de un libro expuesto al ambiente por años. La suciedad dentro de la nariz después de aspirar el perfume por tiempo prolongado se propagó en bichitos y enfermedades.

     Los hospitales llenos, plaga de estornudos en los transportes públicos, amputaciones de narices, ronchas del tamaño de chícharos en los cuellos, muñecas sangradas por las uñas ansiosas de quitar la comezón.

     La demanda a mi familia fue brutal. No solo nos destruyeron el producto y clausuraron la fábrica; nos metieron a todos los herederos a la celda de una cárcel accesible a aquellos que quisieran ir a gritarnos, aventarnos pus o sangre de sus infecciones, escupirnos los gargajos a la cara o llorarnos despavoridamente. Mi abuelo murió envuelto en una satisfacción pura una semana antes del primer golpe de su ingenio destrozado.

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