Cavidades

A mí no me gustaba ver a los ojos. Cavidades que abrazan dos meticulosos seres redondos. Seres engañosos, acusadores e intimidantes. Bolas panela que albergan un hijo en su panza. Bolas panela con un bicho negro en el centro. Textura engañosa, líquido incalculable. Líquido que brota, que raspa el cutis hasta salar la boca. Agua pura, agua contaminada. Contaminada desde las venas de los recuerdos.

No, no me gustaban en lo más mínimo los ojos. Para evitarlos, observaba las cejas de la persona que me hablara, si es que me llegara a hablar alguna. Me entretenía en la alfombra de su piel, en los secretos de sus cicatrices o en la perfección de su vanidad. Contar cada pelo que sobraba entre ceja y ceja, estudiar la nariz, la punta de la nariz. Detenerme en los poros con tal de no acercar mi mirada a las arañas que protegen aquellos seres gordos manipuladores.

Soy pintora. Pinto mis miedos, mis fracasos, mis ilusiones. Pinto la noche anterior, el mañana imposible. Pinto lo que un escritor me susurra, o lo que un músico me dibuja. Pinto mis manos, mi cabeza y el cuerpo del vecino. Pinto para entenderme, pinto y me confundo.

Llegó el señor del agua, le veo el bigote mientras le pago. Llegó la señora de la limpieza, observo su lunar con pelos pegado a sus labios. Y no llega nadie más. Por la noche, al lavarme la cara frente a mi reflejo, mi cuello ocupa mi visión, al cepillarme los dientes, me fijo en el movimiento de mi boca.

Se acabó el óleo blanco. Caminé lentamente hacia mi clóset de los abrigos. Busqué mi impermeable violeta buscando recordar la última vez que lo había usado. Mi mente no quería entrar a esa caja de memorias destrozada en colores y lienzos rotos.

Un brazo en el impermeable, sus manos sosteniendo el abrigo. El otro brazo dentro, sus manos recorriendo mi figura por encima del violeta. Escalofríos recorrieron mi cuerpo y apresuré el paso para huir de su sombra.

Las gotas intentaban romper el abrigo. Caían sobre mi cabeza, mi espalda, mis piernas, mis ojos. Caían y apenas me permitían visualizar el camino. Caían en la calle gris, en las hojas grises que temblaban, en las patas del perro gris que intentaba esconderse debajo de una banca gris. Las gotas caían sobre mi cara gris.

El frío del piso me invadía hasta los ojos. Había olvidado ponerme mis botas. Me seguían las gotas y me seguían sus pasos en sus zapatos negros con las agujetas desabrochadas. El viento furioso entraba a mi cuerpo por el hueco del impermeable del rostro y entraba también su aliento empolvado. Óleo blanco, óleo blanco.

Sacudí la puerta de la entrada de la tienda sin medir mi fuerza. Entré tambaleando y me calmó el olor a pintura. Mi mirada se dirige normalmente hacia el piso para evitar tropezar mi visión en esferas desorbitadas que estén siguiendo mi presencia. Caminé hacia el pasillo del óleo blanco y encontré unos pies descalzos. No era un reflejo porque esos eran masculinos, con las venas marcadas y gotas de verde.

Los músculos de mi rostro elaboraron el baile olvidado de la sonrisa. Mi mirada se atrevió a seguir hacia sus pantalones de mezclilla rotos y goteados de lluvia y de verde, hacia su camiseta blanca, su suéter azul, su cuello, su quijada marcada, su nariz recta y sus ojos. Sus ojos enmarcados de su pelo despeinado y empapado. Sus ojos como parte de su cuerpo. Sus ojos de un azul tan claro que convivía pacíficamente con su contorno blanco.

 

 

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