No la podría reconocer porque una máscara de Catwoman le escondió la cara blanca la madrugada entera. Los ojos eran verde agua y la falda muy larga y pegada. Movía douce, doucement las caderas, sin repercusión a la bocina. Era una cadencia suya conectada a un leve fluir de hombros. Alrededor, decenas de Batmans sacudían sus licras negras en una secuencia más acelerada. La mayoría de las manos abrazaban vasos de plástico transparente destinados a mojar espaldas, brazos y pelos de superhéroes contiguos. Otra Catwoman se enroscaba con un Superman y músculos de algodón. Tres pares de ojos cubiertos por murciélagos le pegaban al techo con las palmas arriba de una mesa de mármol y en medio de la pista, un “paquito”. Es un juego francés donde una víctima se tira a una fila de borrachos sentados e interpuestos en el piso. En teoría, esta fila de guardianes de la humanidad cachan a la víctima. Sí, como a una leyenda del rock, pero en vez de sostenerlo en la gloria, son dos segundos en el aire para luego dejarlo afrontar las consecuencias de la ley de la gravedad. Así que las capas de los superhéroes y superheroínas volaban por instantes y las botellas vacías se acumulaban en un rincón de la cocina. La gata protagonista, sin volar, enmarcada de un ventanal haussmanniano, seguía con sus caderas un péndulo propio que no hacía diferencia entre la una y las cinco de la mañana.

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