Scarlett Johansson estuvo aquí el sábado. Es de concepto mexicano, aunque de mexicano sólo tengan el tequila y el mezcal en el menú en combinaciones innovadoras para lenguas aztecas. Tenis y chanclas se concentran en agilizar cuerpos enteros. El DJ se sale de su caja de especialidades para quedarse sobre la tarima: mueve sus pantalones rojos y su melena rizada al ritmo del jazz, de la salsa, de un ritmo brasileño. Llega la bailarina oficial, una negra en un jumpsuit colorido y pegado a un cuerpo voluminoso y de su cabeza cuelga un rebozo que brilla. Dos o tres se suben al escenario a bailar con ella o a intentar zangolotearse como ella. Otras dos se besan entre risas.
Tres, cuatro o seis shots y los pies quieren irse a una cama. El Uber a 2.0. En el querido Ce De eMe equis llegaría a Cuernavaca con la misma tarifa pero aquí me tengo que conformar con un taxi compartido para atravesar unas cuantas calles de la ville de l’amour que en este momento es más ville que amour.
Un pelón, regordín en el volante y una rubia de pelo frisado me ofrece dulces desde el asiento de atrás. Ni ella ni su amigo de universidad, otro frisado de nariz respingada, habían ido nunca a México. El chofer, en cambio, sí que había ido. Cancún increíble, no salí casi del hotel, el servicio, oh la la, una maravilla. ¿Vieron quién estaba ahí? (Nombre incomprensible para mis oídos hispanohablantes) es muy famoso en Francia. Ahí estaba, afuera de ese bar. Un rapero. Finjo buscar una cara conocida entre la bola de personas bebiendo bajo la luz amarilla de la calle.
Unos pubertos en el coche de al lado con la música alta y las risotadas aún más sonoras crean movimientos de torsos de dominio alcohólico. Excusez-moi, mademoiselle, excusez-moi. Disculpas antes de actuar: el chofer les grita a los pubertos en francés y ellos voltean sin capacidad de fijación en sus ojos, hundidos en algún ron. Más excusez-moi del don, P de Parking y sale como una bala hacia el coche de al lado. Gritos. ¿Tomas el volante?, me propone mi compañero de atrás, palabras atoradas en una risa envenenada de estrés. Uno, dos, tres, el puño del chofer sale y entra por la ventana del otro coche en calidad de resorte. Parado se veía aún más fornido. Grita algo más y regresa al volante Uber. Excusez-moi. Perdonen. Pero era más fuerte que yo. Estaba como una bailarina enfrente de mí, una, dos, tres veces se me metió. No lo pude soportar, me di mi lugar. Una disculpa, señorita, de verdad.
Los de atrás habían comprendido de corazón. No, no se preocupe, yo entiendo, señor, no hay que dejarse, hay que dejar todo muy claro. Y la verdad es que no le pegué fuerte, porque luego sí llegan las demandas y es más complicado. Sí, entiendo, señor, hizo bien. Es que también lo explico porque luego viene la calificación de Uber. Yo tengo tres coma ocho es muy buena puntuación, pero luego me impacta que hay gente que no dice nada y de repente te dan una nota de mierda, hipócritas. Entiendo, señor. Señorita no se asuste, por favor. Vea, yo a usted ya le puse cinco estrellas. Buenas noches, muchas gracias.