Llega a mi casa a la 1:30 a.m. porque no tenía reservación en el hotel de la boda y ya no había habitación disponible. Esa misma noche había dejado su celular en el avión, había vomitado durante los 15 minutos de aterrizaje, había tenido algún problema de maleta en Viena, no encontró a nadie que hablara inglés en el D.F., y llegó sin saber dónde dormir a Hermosillo.

¿La conozco? Para nada. Es amiga de un amigo que se casa en dos días. Claro, le doy hospedaje sin problema. Llegan los novios a dejar a la europea y entran a mi casa. Aún cansada, la nueva inquilina cuenta sus desgracias del peor viaje de su vida, nos detalla su diarrea provocada por la grasa de Bangladesh donde había estado hacía apenas dos semanas en otra boda.

Al día siguiente se sube al carro sin saber bien a dónde va y también se unen al plan tres españoles, amigos del novio también, una amiga y, para agregar una nacionalidad más, mi novio francés. Destino: dunas de San Nicolás, un paraíso en terreno privado. Marcamos al tipo de la entrada para decirle a qué horas llegamos y para que nos deje abierta la puerta roja.

Rentamos las sandboards desde un día antes. La carretera son nogales, naranjos y un bosque de cactus. Al pasar por tantos cactus claro que los españoles se quieren bajar a tomarse su foto mexicana con la planta del ranchero. Durante la terracería pasas por paisajes donde entre la montaña que se ve a lo lejos y tú no hay nada visual que los separe: algún matorral de pocos centímetros tragado por la inmensidad de la arena.

Llegamos a una primera puerta roja abierta con el letrero de San Nicolás propiedad privada. Es una granja acuícola y los charcos reflejan las montañas rocosas y los nidos de cuervos postrados sobre los postes de luz. La segunda puerta roja nos dio la bienvenida a un laberinto del que no salimos por cuarenta minutos. Sin señal en el celular, comíamos la vista de un mar difuminado de un azul intenso a un blanco bajo el reflejo de sol y de nubes delgaditas. La alemana, pues tranquila, al cabo no entendía nada del enredo y permanecía en su oasis anglófono.

En el segundo que tuvimos señal localizamos al don Pancho. Encontramos al fin un camino digno para un coche sin 4×4. Subimos a pie la única duna visible desde donde nos estacionamos para toparnos con desierto y mar. El color claro de las dunas continuaba en el reflejo casi blanco del mar.

“This is the best beach I’ve ever been”, dice nuestra protagonista mientras acaricia la arena. “I could even die now, I am so happy here.”

Si una de las dunas justo enfrente del mar la clasificamos entre las montañas de esquí sería una negra. Hay un punto en que roza los 90 grados. El francés quiso estrenar la sandboard y la quiso estrenar ahí, en la más difícil de todas. Los demás lo observamos y al verlo controlar la tabla nos animamos. Un poco de cera a la tabla, unos calcetines y listo. Es complicado girar la tabla y la caída entera te quedas con el cuerpo hacia enfrente o hacia atrás.

Ahora las carreritas. Dos de los españoles se sientan sobre las sandboards, dicen que sus pies llevarían a cabo la función de un poco de freno y en sus marcas, listos, fuera. La revolcada estuvo buena y fue antes de acabar la montaña.

Turno de la alemana que no lo ha probado. Sigue los pasos de los españoles y se sienta en la tabla perpendicular al horizonte. “¿Cómo vas a parar?” Entre risa y adrenalina no contestó y pa’abajo. Pone los pies en la tabla y su cuerpo, inclinado hacia atrás, es un elemento más para fluir sobre la arena.

Las emociones a lo largo de la caída entre los cuatro espectadores desde arriba va cambiando. Primero es una emoción general, divertida. Los pelos revoloteados empiezan a agarrar velocidad. La pregunta es la misma que le habían lanzado antes de aventarse: ¿cómo va a parar? Fácil llega a 60km/h. Ya hay expresiones de preocupación de los que seguíamos en paz con la gravedad. Aún así, la risa es el ingrediente inevitable. La estamos viendo casi volar. ¿Qué la detiene? Las piedras al final de la duna. Desde arriba la vemos dar una, dos, tres vueltas. El eco del batacazo nos afirmó que algo grave había pasado. Ella se para y saluda con los brazos.

Imposible que esté bien, es la adrenalina la que la hace saludar como si nada. Poco a poco, se va encorvando. Los dos de las carreritas van a auxiliarla y con señas y gritos nos dicen que vayamos por el carro.

Camionetota pero sin 4×4: se queda atascado. A empujarlo hasta que salga. Encontramos milagrosamente un camino no tan mortal para las condiciones y llegamos a donde ella se quitaba las piedras pegadas a su espalda en el mar.

“No, de verdad, no quiero ir al hospital, en verdad qué pena que por mi culpa nos tenemos que ir de este lugar mágico. No, no se preocupen.” Y su espalda empapada en sangre. La curamos en la casa de mi amiga en Kino, a sólo unos kilómetros de las dunas. Se vuelve a poner su blusa entintada para comer taquitos de pulpo y camarón y disfrutar de más arena mientras los demás vamos en kayak y en paddleboard a un mar sin olas y con un delfín bebé perdido por ahí.

Ya de regreso a la ciudad del sol, nuestra nueva amiga quiere una foto de su espalda destrozada. La pongo de frente a un cuadro colorido y posa la carne fresca a la cámara. “Oh! We made art!” Y saca una carcajada. La postea en Facebook y la publica como “#thisisart #officiallyacceptedwildgirl Mexican Wedding Style”.

Día de la boda. En todo el día ni la sonrisa ni la plática se escaparon de su boca, que el baile formal en Viena, que la familia, que sus proyectos, que su regalo para el novio, que la peinada. Después de la misa (para ella un balbuceo continuo incomprensible), se quiere regresar a mi casa. El dolor era demasiado.

Se recupera y ahí voy a la hora del plato principal buscando entre las mesas a alguien que trajera chofer. Me marca después el don Emiliano y me dice: “Oiga, señorita, disculpe. Me da musha (pronunciado como buen sonorense, con la ch marcada), musha pena decirle pero pues es que la joven traía unas manshas muy raras en la espalda. La verdá es que me quedé preocupao y no podía dejar de decirle. Me quedé con musho pendiente.” Le digo al buen hombre que muchas gracias por la llamada y le explico entre risas contenidas.

Como si no tuviera ni una sola mansha, la alemana estuvo baile y baile y tome y tome hasta las 3 de la mañana y no se quiere regresar conmigo. Despierta a mi casa entera por la mañana que llega y sin checar nada de su próximo viaje a Nueva York, a las dos horas se sube al coche con nosotros y nos vamos a San Carlos. Mientras hacemos algo de kite, ella, con su gorrito, se tira en su amada arena.

Regresando, a falta de celular, checa en su iPad su vuelo y se da cuenta que había olvidado registrarse para el ESTA, la visa americana para los europeos. Tiene una reacción algo así: “A lo mejor no puedo ir a Nueva York, ¡qué triste! Bueno, vámonos a los tacos.” Entre tortillas de harina y carne güiri güiri, güiri güiri, cuenta sus proyectos personales, sus ganas de una Navidad gigante llena de amigos y ni las luces de preocupación por su vuelo en unas cuantas horas.