Liquidar el buen fin en diez horas de tráfico

Aquí no hay viajero frecuente, flying blue o business class: aquí nos jodemos todos. 1:48 a.m. Pasan tres, cuatro canciones sin que las ruedas de la masa de vehículos giren. Hace rato que el internet no funciona, como en un concierto, el atasque de aparatos telefónicos confunde a la red y los castiga a todos. Ya habían pasado los momentos de cantar a todo pulmón, de escuchar el Lion King frente a la vista del Cañón del Coyote, de coreografías de brazos y hombros al ritmo de algún francés o de unas notas de salsa. De los seis pares de ojos dentro del coche los tuyos son los únicos que quedan atorados frente al volante, los demás prefirieron consultar al sueño. Te das cuenta de la ansiedad de los conductores de tu alrededor, sacan medio torso para intentar ver el final de luces rojas, se salen del coche, estiran sus brazos aburridos sin dejar de observar el horizonte. De las puertas traseras salen la hija y la tía, despeinadas, con los ojos pegados al festín de fluorescente rojo. Unos de plano se orillan y se duermen mientras pasa la tormenta de tráfico. Pasan otros caminando, en un paso cinco veces más rápido que el tuyo sobre un auto. Luego pasan dos jóvenes corriendo, ¿necesitan un médico para uno de sus compañeros de viaje? ¿buscan gasolina? ¿están haciendo un jogging para desentumecerse las piernas? Alguno de tus amigos balbucea en sueños. Cambias de estación de radio para sondear el accidente: debe haber sido algo torrencial. Un gringo habla de la fuerza soviética. Vas a practicar tu inglés y vas a voltear menos a ver los números en la pantalla que van flojos y sin movimiento. Otro de tus amigos se levanta, escuchas la expresión negativa, el insulto contra las veinte millones de hormigas aplastadas en una circunferencia tan pequeña como el Distrito Federal y luego regresa el silencio. O el gringo hablando. Mejor le cambias a algo movido. Parece que va a fluir: le quitas el parking y disfrutas la música de las llantas sobre el pavimento. Una curva, dos curvas  y otra vez a cinco kilómetros por hora. El camión de al lado lanza flatulencias mecánicas a máximo volumen. ¿Qué podrías haber hecho en estas seis horas de lunes de puente en vez de estar encerrado en una caja rodante sin movimiento? Una lista de posibilidades se despliega en tu cabeza, todas llenas de comodidad y entretenimiento, un paseo por un parque feliz, una película en la complacencia de una cama, una cenita con quien te espera en tu destino. Después, después, pasas por enfrente del accidente: un tractocamión con remolque y otro camión de pasajeros listos para ser llevados en grúa y un cochecito víctima que te encoge el estómago cuando por fin avanzas a una velocidad razonable. 3:19 a.m., seis horas después de lo que te decía el navegador, llegas a tu casa con ojeras, el estómago vacío y una sensación de cruda expoliadora. Llegas con vida.