Me lo imaginaba serio, formal, de palabras rimbombantes. Premio Anagrama, Premio Casa América Catalunya, Premio Fernando Benítez, novela traducida al italiano y al francés. Controlé dosis leves de pánico de aburrirlo y/o/u/a hacerle perder su tiempo de historiador, escritor y periodista.

Aperitivo: alguna mezcla de alcohol para el señor, un agua mineral para la señorita. Arrancó la comedera. Está bien, pues, una copa de vino. OK, otra más. “¿Qué escritor no es periodista en América Latina?”, su frase entró por mi nariz para no volverse a ir entre el aroma de pulpo a las brasas y camarones al ajillo.

El sol se alejó del techo de la ciudad y las formalidades se fueron apagando hasta tutearnos.  Wiri-wiri de Milán y la galería Vittorio Emanuele II, su compadre Villoro, consejos de investigación, la UP, Bolaño y 2666.

Aquella tarde tambaleamos por la Condesa y sus verdes hasta la trifurcación de Atlixco, Michoacán y Vicente Suárez, donde él iba directo a la puerta de la cantina, “¿segura que no quieres otra copita?”.

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