Por supuesto, ahí anda entre todos y por todos lados la boobie de la Marianne, la teta de la diosa de la libertad dibujada con pluma y rematada en un pezón grande y rojo. Mañana son las elecciones y es una fiesta de Revolución: burgueses con holanes en el pecho, smoking de pingüino y pantalón hasta la pantorrilla de tela dorada y en rombos se mezclan con obreros de chaleco y camisa muy abierta. Una de las revolucionarias habla: «Moi, je vote Fi-fi». Atragantamiento de trago de la amiga socialista, convertida esa noche en petit livre rouge con un vestido rojo y un cuaderno igual de rojo pegado a la cintura: «Ça, c’est tes parents qui parlent». «Non, non, c’est moi, je suis convaincue». Fi-fi es el diminutivo de cariño para el candidato de derecha que robó algunos euros al gobierno cuando era primer ministro dándole un empleo ficticio a su esposa. El petit livre rouge es el cuaderno secreto donde estaban registrados los gastos monumentales de la monarquía. Así estaba la discusión entre la abogada de Fi-fi y sus bolsillos contra el cuaderno confesor de lujos y pecados cuando un rey sin pantalones jala a la pista a la petit livre rouge: al fin y al cabo, el festejo en alcohol y otros juguetes es por los logros del pueblo de hace dos siglos. La capa del rey se convierte en tela de torero y la petit livre rouge va de aquí para allá con hombros y caderas salvajes. En la esquina del departamento, alejado del resto de la camada 1789, un tipo con traje roto de las mangas se ve verdaderamente derrotado de la guerra sentado en un cubo de paja bajo la bandera francesa que en unas horas va ondear por Francia y por ninguna revolución.

 

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